Hogueras para brujas en la Plaza del Rey

La Plaza del Rey se convirtió en el lugar donde se ajusticiaba a los reos en la Edad Media, junto a todos los herejes y brujas condenados por la Santa Inquisición. Cuando no había ajusticiamientos, la plaza se convertía en un mercado.



La Plaza del rey también se hizo popular porque en 1492, un agricultor o pagés (en catalán), hirió con un puñal al rey Fernando el Católico. El suplicio de este hombre, Joan de Canyamars, consistió en pasearlo en carro semidesnudo, junto al verdugo. En la Plaza del Blat se le cortaría una mano, en la del Born la otra. Y en la Plaza Sant Jaume se le degolló la nariz, un ojo y una pierna, muriendo desangrado a la vista de todos.


Como la prisión antigua se encontraba en la Plaza del Rey, cuando un reo se iba a ajusticiar, se le colocaba un cartel colgado del cuello con el delito cometido por escrito. En ocasiones se le colocaba una cinta roja desde la que colgaban los objetos robados o los utensilios que hubiera usado para cometer su crimen.


Saliendo de la prisión, y en dirección hacia la Baixada de la Llibreteria, se enfilaba hacia la calle Bòria, ahora en parte ocupada por la Vía Laeitana. A esta ruta morbosa, los barceloneses la conocían como Bòria Avall. El recorrido pasaba por la Placeta d’en Marcús, Montcada, Rere Palau, , Consolat, Fusteria, Ample, Regomir, Ciutat, Bisbe y Plaza Nova. Finalmente al llegar a su destino, el reo era marcado en la espalda con unos hierros grabados del escudo de la ciudad, para que jamás se olvidara del suceso. Todo terminaba en la prisión de la Plaza del Rey, para los que tenían suerte, o bien en la hoguera o patíbulo de la misma plaza.





Los cómplices de cualquier tipo de delito eran azotados y se les obligaba a presenciar el ahorcamiento o el suplicio del fuego. A las mujeres, en cambio, si habían cometido alguna fechoría (salvo los casos de herejía), se les subía en un asno y se les paseaba completamente desnudas, con un capirote de colores y la barbilla inmovilizada para que no pudieran ocultar el rostro. Los nobles y privilegiados jamás eran castigados. Como mucho se les desterraba a un convento o castillo. Para los herejes la Inquisición utilizaba el llamado “juicio de Dios mediante el agua”. En la Plaza del Rey se colocaba una balanza enorme. En uno de los platillos se situaba una Biblia, y en el otro al supuesto hereje o bruja. Si la persona pesaba menos que la Biblia se demostraba su inocencia.


No es de extrañar que los barceloneses tuvieran pánico a todo lo relacionado con la brujería, después de estos rituales o ceremonias que tanto gustaban a los dominicos y franciscanos. Así, en las puertas de la iglesia de Sant Martí de Provençals, en la Plaza Ignasi Puyol, todavía pueden apreciarse herraduras de la buena suerte o símbolos que también servían para ahuyentar los encanterios.


En Paseo del Borne, La santa Inquisición torturaba y quemaba brujas. La creencia popular era que los espiritus de aquellos que fueron condenados, se posesionaban de alguna de las Gargolas en la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia (Catedral de Barcelona).



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