Serpiente del mal

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La fiesta de las musas

Por Melissa Carrasco
jitti-koo@hotmail.com

Se abrieron sus labios de granada rota, rojos como la sangre brotando del corazón a cada puñalada amorosa. Llevaba el dolor en la piel, incrustado como piedra preciosa, en un firmamento pálido. Amada por el tiempo, su belleza se acrecienta, imponiendo el misterio de la ley inversa que la viste con la noche sobre el cuerpo y el cabello amarrado a su cabeza con desvelos de pasión, después de poco más de 20 años de su primer disco, en 1982.

Casi 30 años antes, un destino comenzaba a trazar su ruta; una vida asomaba los ojos por encima de un par de cejas delineadas, de mirada tóxica y veneno sobre la lengua. La madre Luna dio origen a una criatura frágil. Dicen que su historia comienza en Nueva York, sobre el asfalto de un callejón oscuro. Esa madrugada se esparcía en la niebla un aroma desconocido, como de flores marchitas. El viento arreciaba su latido con un ritmo imposible de seguir; diminutas gotas de cristal se arremolinaban en una silenciosa danza, y con el rojo del cielo que comenzaba a incendiarse, se iluminó de repente, un rostro pegado a los huesos, por la locura, la soledad y una lucha que continuaría a los largo de todas estas noches.

No existe voz que Diamanda Galás no haya tragado, ni alma sin ultrajar que esta vampiresa no haya consolado. No existe en el mundo luz sin tiniebla, de la misma manera en que no se concibe la vida si los amantes no se entregan a la muerte. Sus manos, sus oídos, se han prendado del piano en resonancia, sembrando melodías en cada trozo marfilado. Su carrera artística es controvertida, poco convencional, alejada del plástico habitual que se expande como plaga, invadiendo nuestros televisores. Es Diamanda, quien ha poseído el ritmo delirante de jazz, libre y con matices de punk, sin prejuicios ni pena. Aferrada a su piano, se planta sobre el escenario y se abandona, se ofrece, juega con su propio misterio y el terror de quienes no comprenden los sentimientos desprendidos de cada grito o gemido.

Ella comprende que el universo es infinito. Lo ha dejado claro desde la primera vez que interpretó una canción dejando al público con la sensación de haber asistido a un funeral medieval, a merced de un clan de vampiros y seres nocturnos. Sentada entre las butacas de aquel viejo auditorio había más de una mujer santa. A la tercera llamada se abrieron los pesados cortinajes desteñidos, roídos por el polvo, rasguñados por los infatigables fantasmas, habitantes del teatro. Al encender las luces, se reveló justo en el centro del escenario una figura espigada. Llevaba la cintura ceñida por un cinturón de piel oscura que le cortaba la respiración en cortos espasmos, como agujas clavándose en cada compás. La mirada perdida en un punto indefinido, con los labios muy cerrados, profiriendo tal vez, alguna especie de conjuro maléfico o hechizo de amor lanzado a algún caballero galante presente esa noche entre los asistentes. Diamanda tomó asiento lentamente, dejando que el silencio le lamiera las mejillas para romper la quietud con los estruendosos acordes de la primera canción.

No lleva enclaustrada en la garganta una sola voz; muchos demonios, dioses y ninfas surgen desde el interior de su boca para manifestar su existencia, su ronda eterna de almas en pena. Diamanda Galás es un médium, la puerta hacia el umbral del ensueño, el mal de ojo y la fuerza social.

Incomprendida, se ha visto atacada una y otra vez por los medios y espectadores engañados, debido a su incansable lucha en defensa de hombres y mujeres infectados con el VIH, acusada de blasfemar contra el santo rebaño, cayendo en la herejía que tanto alimenta el espíritu de los seres libres. Por que una noche, con un par de cirios encendidos y el cáliz de salvación blandiendo el vino amargo sobre la mesa, puede salvar de la ignorancia a los tontos de capirote.

Con 21 discos lanzados al mercado, su carrera ha enriquecido la escena musical alrededor del mundo, ofreciendo su propia alma en sacrificio para otorgar la salvación a todo aquel que esté dispuesto a recorrer senderos lejanos, con el cielo a media luz y en ocasiones caminando a ciegas a través de los laberintos que Diamanda Galás obliga a recorrer con el sabor turbio de su melodía endemoniada.

Bajo su hechizo es posible disfrutar de las Letanías de Satán, vestir el rostro con la Máscara de la Muerte Roja y abatirse con el placer de un Castigo Divino.

Con cadenas en las manos para vencer la esclavitud, celebrando el luto de los humanos para llenarse de vida; padeciendo la existencia para gozar en el paraíso prometido, el paraíso que sólo puede alcanzarse de la mano de Diamanda Galás.

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