Miguel Huezo Mixco, Diamanda Galás, la muerte y el azar

0
345

Miguel Huezo Mixco (San Salvador, El Salvador, 21 de diciembre de 1954), es poeta, ensayista, editor y comunicador salvadoreño. Autor de “Si la Muerte”.

Visita su sitio : Tapaljocote

 

 

Mi Muerte y Diamanda Galás

Por Miguel HUEZO-MIXCO

El Día de Muertos del año 2000, Diamanda Galás ingresó al Claustro de Sor Juana Inés de la Cruz de la Ciudad de México. El programa de esa noche incluía una selección de poemas provenientes de los cuatro continentes acompañados al piano y cantados en sus lenguasoriginales por ella misma. Entre los poemas figuraba uno titulado “Si la muerte…”. Una crónica periodística indicaque antes de cantarlo la artista explicó que ese poema fue escrito por un “poeta de Américadel Sur muerto en la guerra” de quien no sabía nada más que su nombre y apellido. He tenido la fortuna de escuchar la grabación de ese poema del cual soy el autor, sacudido por el golpeteo de los dados del azar. Ese azar que, primero, me permitió sobrevivir a lamuerte que aquel poema intentaba conjurar. Ese azar que luego me permitió enterarme deque el poema corría por el mundo en boca de esta mujer ante la cual me presenté como unresucitado hace unos meses. ¿Cómo llegó ese poema a sus manos? ¿Cómo me enteré de estos hechos? Esta es la historia:

En el curso de una conversación que tuvo lugar a mediados del año 2000, un grupo deestudiantes me pidió copia de las críticas sobre mis poemas. Me reí de buena gana. Sinembargo, me comprometí recoger lo que encontrara por allí. En efecto, en Google meencontré con una alusión insospechada. Mi nombre figuraba en la reseña del mencionadoconcierto de la artista greco-norteamericana Diamanda Galás en México. El concierto de la“diva dark”, como le llaman, era parte de un ciclo de presentaciones que contaba con la presencia de Philip Glass y Madredeus. La crónica hablaba de su interpretación de “Si lamuerte..” y la historia del poeta muerto, etc. Me quedé atónito al saber que ese olvidado poema mío formaba parte de un disco de aquella artista. Líneas abajo me di cuenta de quemis modestos versos habían sido grabados en vivo por Galás en un concierto en Milán. Enel CD aparecen un poema de Baudelaire y otro de Pier Paolo Pasolini. (Galás también hagrabado poemas de Paul Celán y Jorge Luis Borges.)

Jamás imaginé lo que la suerte le había deparado a ese poema en el que intentabaescurrirme de los acechos de la muerte, y que escribí al final de mi adolescencia, reciénsalido del bachillerato, cuando la guerra parecía tan improbable.¿Cómo llegó a sus manos el poema? Los dados fueron tirados por una pareja de amigos:Claribel Alegría y Darwin Flakoll prepararon una antología bilingüe de poesía salvadoreñaque fue publicada en Estados Unidos en los años de la guerra civil. Aunque parezcaincreíble, nunca supe de la existencia de ese libro sino hasta octubre del año pasado cuandoasistí a la conmovedora lectura de poemas de Claribel en la capilla de St. Paul, en laUniversidad de Columbia. La presentación estaba acompañada de una pequeña exposiciónde sus libros. Allí encontré el libro y mi poema. Esa noche, mientras cruzábamos el campuscon Mauricio Chávez y George Yúdice, pensaba que había conseguido aprehender una pieza clave en aquel puzzle de vida y poesía. La pieza principal, sin embargo, encajaría horas más tarde, la noche del 14 de octubre, en el East Village, cuando me presenté con credenciales de resucitado en la puerta del apartamento de Diamanda Galás.

2. Recuredo una de esas noches en que el amor y el desamor se trenzan a puntapiés en tu propia cama. Encendí mi viejo CD player. Puse a sonar “Maledictions and prayers”(Maldiciones y ruegos), de Diamanda Galás. Entonces, entre cabuyas y vasos apareció denuevo su insólita voz, rasgada, perturbada, y su piano. Me remonté a la tarde en que subí al taxi con rumbo a la 12 avenida, en Nueva York, paraconocerla. Nuestro primer encuentro con la “diva dark” ya se había frustrado en unaocasión, en julio de 2002. Esa vez, el escenario escogido por el azar era Medellín, duranteel Festival Internacional de Poesía. Diamanda fue invitada a participar en las actividadesartísticas del mayor evento de poesía del continente. Para entonces teníamos una amistadcultivada a través del correo electrónico. Los organizadores me pidieron que la animara aconcurrir a esa ciudad asediada por la violencia, y para cantar, entre otras piezas, mi poema. No necesité convencerla. El primer intercambio de notas entre nosotros había tenido lugar en julio de 2001 (y no en2000, como escribí equivocadamente en mi pasada columna), casi inmediatamente después de enterarme en la Web de que mi poema “Si la muerte”, grabado por ella, se atribuía a untal Miguel Huezo Mixco …muerto en combate. Impulsado por una descarga, le escribí: “No estoy muerto”. Horas más tarde recibí una respuesta en donde alguien me decía que laartista iba a escribirme directamente. Creo que mi júbilo de sobreviviente fue malentendido. Cuando recibí el correo de Diamanda me di cuenta que estaba boquiabierta.“Esta es como una visitación de un hombre-muerte”, me escribió en su español. También percibí en ella cierta preocupación por el asunto de los derechos del poema. Pronto le disipéesas preocupaciones.Así comenzó nuestra amistad y mi admiración. Respeto su compromiso con campañas afavor de los derechos de las personas que viven con sida. La fotografía donde aparecedesnuda en una cruz, en medio de las llamas, ha hecho que muchos se santigüen. Perodebajo de sus polémicos performances vive una mujer sumamente compasiva. Uno de susdiscos recientes es una conmovedora cantata sobre la matanza del pueblo armenio, grabadocon la participación del poeta Adonis.Horarios, programas: desencuentros. Nuestra proyectada cita en Colombia no fue posible.Diamanda cantó unos días antes y volvió a Nueva York. Así, llegué a Medellín precedidode cierta celebridad. La inauguración del Festival en el cerro Nutibara fue electrizante.Pero, en lo que a mí respecta, muy pronto los decepcioné. Carezco de glamour. Encima detodo, la ciudad se convirtió en el escenario de una deliciosa luna de miel que me apartó deesos ceremoniales, tan propio de las reuniones entre poetas, de lanzarse azúcar, cuando noes mierda.Una noche, en el municipio de Bello, al final de una lectura algunas personas pidieron a vozde cuello que leyera “Si la muerte”. “Es culpa de Diamanda”, pensé con gratitud aunquecon cierto fastidio. Expliqué que no lo traía conmigo. Para mi sorpresa, alguien del públicome procuró una copia. Cuando leí en voz alta aquel poema de mi adolescencia me descubríevocando la difícil interpretación de Diamanda Galás. Después de los anisados, cuandovolvíamos a Medellín explotaron dos bombas. Era la guerra, con otro de sus antifaces. Miréa mi amada y pensé que el recuerdo tiene un poder germinativo que conecta con las fuentesde la pasión. He allí lo que algunos llaman una epifanía.

3. (Para Herbert Zometa) Octubre de 2004. Mi estadía en Nueva York estaba terminando y no quería regresarme sinmirar a Diamanda Galás. Ella sabía que yo iba a estar en la ciudad por unos pocos días. Lallamé. Contestó ella directamente. – ¿Diamanda?, dije. – “Tú eres Miguel, ¿no es cierrto?”,respondió. Cuando le dije donde me encontraba, nos dimos cuenta de que estábamos muycerca. Intentamos cuadrar una hora y un lugar. No fue fácil. Diamanda tenía ensayos. Yoasistía a un evento en la Universidad de Nueva York. Quedé volver a llamarla paraencontrarnos, pero esa noche la calle me embrujó. Nos encandilamos con unos amigos enun bar irlandés donde toda la gente aullaba y bebía mirando en los televisores un partidoentre los Yankees y los Medias Rojas.El 14 de octubre, una fría lluvia se lanzó sobre la ciudad. Volví a llamarla. Yo tenía un par de horas antes de un compromiso inaplazable. Le dije que en ese momento iba para suapartamento. Me dictó la dirección y salté a Washington Square a buscar un taxi. En el EastVillage encontré el edificio. Subido en el ascensor vi que no había un botón para el octavo piso. Bajé en el séptimo y subí por las escaleras casi a saltos. Al empujar la pesada puertade acceso al pasillo me la encontré esperándome. La “diva dark”. Cabello largo y lacio. Nosdimos un abrazo y entramos.En el apartamento reinaba un colosal desorden. Discos, papeles, partituras, muchos discos,amplificadores, conexiones, casetes y más papeles. Ropa. En las paredes, carteles de susconciertos. Caminé por el cuarto ante la mirada impertérrita de una gata que salió amirarme con desdén. Su piano, un viejo piano, parecía una balsa en aquel desconcierto. Por una ventana alcancé a mirar, a lo lejos, el puente de Brooklyn como un Gulliver atado por los enanos. Me hizo espacio en un ángulo de un sofá negro. Ocupó el banco del piano parasentarse frente a mí. Aunque en la habitación casi no había luz, Diamanda no se quitó lasgafas negras. “Bueno, aquí estamos”, me dijo. Comenzamos por hablar del azar. Nadie sino él podía juntar a estos dos extraños. Desdeluego, reímos de mi muerte. Reímos de nuestras vidas. Me contó que pasaba por una malaracha. Le habían suspendido algunos conciertos, inclusive uno para México.Repentinamente enfureció y dijo palabrotas, como un microbusero. Pero pronto retornó anuestra conversación: la poesía, la música, Iraq, El Salvador… Así, pasó el tiempo. Miré el reloj. Debía volver. Le pedí que se sentara conmigo para hacernos unas fotografías. Risas. Uno, dos flashazos. Me senté al piano y le pedí que me tomara una foto. Flash. Hice una,dos más, de ella misma, al piano, sin sus galas teatrales, así como es: tremenda artista,tremendamente vulnerable, tremendamente fuerte. El tiempo se terminó. Nos despedimos. Me dijo “muchas gracias” en su español, y yotambién, en mi inglés. En unas décadas, esas dos lenguas se mezclarán para darle un nuevoesplendor a nuestra poesía. Ya lo verán. “Adiós”, le dije con la mano. Nos dimos otroabrazo. –“Heey, gracias”, le dije. Detrás de aquellas gafas impenetrables, guiñó un ojo. Estaba frío, como la tumba donde yace mi amigo.

Existen pocas cosas más melancólicas en el mundo que salir a la calle en una noche de lluvia en Otoño, en Nueva York. Un atardecer en Arcatao, por ejemplo.

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta