Donald Trump me parece un cerdo, pero no quiero insultar a ningún cerdo. Los cerdos son animales amables, bellos. Él es mucho peor

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Por: Javier Blanquéz
Fuente: http://www.elmundo.es/cultura/2016/10/11/57fbe586268e3ecf628b464e.html

Para Diamanda Galás, la muerte no es un simple recurso estético para crear terror o alimentar el morbo. Lo desmiente con un enérgico movimiento de cabeza durante nuestra entrevista: «Yo no soy gótica, aunque haya gente que crea que sí. La muerte me preocupa, siempre, sin descanso. No sé por qué soy así, pero por desgracia no puedo dejar de pensar en ella. Me afecta la fragilidad de la vida de los demás. Podría intentar evitar esos pensamientos, pero es imposible. Sólo puedo confrontarlos, sólo puedo vivir si me enfrento a la muerte cada día».

La artista californiana, desde que debutara en 1982 con The Litanies of Satan, un álbum de alaridos y cacofonías, de gritos agudos que cortaban como filos de navajas, jamás ha dejado de pensar en el dolor. Cantó sobre el sida durante la epidemia de los 80 -«en el pop existe Tainted love, la canción de Soft Cell, pero desde la música seria nunca se había dicho nada»-, y más tarde sobre los genocidios y los exilios, sobre los horrores del mundo. Su música siempre ha sido pavorosa.

«Los traumas son reverberaciones en la mente», cuenta. «Los traumas me han enseñado todo lo que sé del mundo». Y casi cuatro décadas después de haberse convertido en la dama oscura más angustiosa, la más terrible, Diamanda Galás sigue empeñada en acercarse al borde del abismo para convertir el horror, lo más abyecto de la humanidad, en un arte singular. «Mi madre a veces me pregunta: ‘Hija, ¿cuándo vas a ser feliz?’. Yo lo intento, pero no puedo. No puedo cambiar».

Galás está en Barcelona para estrenar en España, de la mano de Red Bull Music Academy y en el solemne escenario del Teatre Nacional de Catalunya, su nuevo espectáculo, Death will come and will have your eyes, como todos los suyos una mezcla entre poesía sublime y vocalizaciones estruendosas, de ópera y ruido, con un piano atonal latiendo por debajo. Se presenta en el hotel con un fajo de folios bajo el brazo -en la primera página aparecen unos versos de Cesare Pavese, con anotaciones a bolígrafo, con algunas sílabas subrayadas-, la materia primordial para empezar a trabajar en los ensayos.

«En esta producción habrá mucho material nuevo», explica en una mezcla entre inglés y español con giros mexicanos. «También habrá temas viejos, o versos de algunos poetas que he cantado otras veces, pero en nuevas versiones». Sus explicaciones son un torrente de pensamiento, atropelladas y conectando ideas aparentemente difíciles de hilvanar. Habla de su voz como un instrumento entrenado para sonar como el saxo de Albert Ayler -el legendario genio del free jazz-, y a la vez como un tesoro delicado que se puede estropear si se lleva a extremos imposibles incluso para ella. «Me gusta el cante jondo», dice de repente, «pero yo no podría cantar como el Capullo de Jerez. Él canta como un lobo. Si yo cantara mucho tiempo así, me quedaría sin voz».

Pregunta por El Agujetas. Descubre que murió hace casi un año e inmediatamente, con un gesto tan sincero como operístico, se derrumba. «No puede ser. En una realidad paralela, habría podido ser mi marido. Siempre me ha cautivado. ¿Sabes si vive el Chocolate?». Hablamos, suena pop de radiofórmula en el hilo musical y poco a poco se pone de manifiesto que Diamanda Galás está tan obsesionada con la muerte y el dolor que lo único que no puede soportar es el placer y la felicidad. «Esta música horrible», exclama mientras suena un éxito de R&B, «es imposible ignorarla. ¿Por qué tenemos que soportar este pop? ¿No es el silencio algo más bello?».

A la pregunta de qué escucha en su soledad, enumera los nombres de Scriabin y Paquita la del Barrio, de Alban Berg y Verdi, blues del delta y La Lupe, flamenco e Iannis Xenakis. «Pero no este pop estúpido que suena en farmacias y aeropuertos. Sólo le puede dar placer a la gente más estúpida del mundo. Jugadores de baloncesto, jugadores de fútbol. ¿Quieren emociones fuertes? ¡Que vayan a luchar contra el ISIS! Pero son tan cobardes que nunca lo harían, sólo quieren salir con putas y llevar una vida estúpida».

A lo largo de la conversación van apareciendo varios temas recurrentes, obsesiones fijas de Diamanda Galás: el flamenco y la muerte, que son casi lo mismo, pero también la inestabilidad en Oriente, la tierra de sus padres. «Grecia nunca ha sido Europa, digan lo que digan. Grecia siempre ha sido la puerta de Asia. Cuando los griegos intentaron ser europeos, fue el fin para ellos. Mira como están:la tasa de suicidio en Grecia es escalofriante».

 

Le preocupa el auge del pensamiento nacionalista en Turquía -«yo no puedo decir Turquía, sino Anatolia:la nueva Turquía se ha levantado sobre los cuerpos de muchas etnias masacradas»-, y sobre todo le aterra la misma existencia del ISIS y la posibilidad -cercana o remota- de que Donald Trump pueda ganar las próximas elecciones presidenciales en Estados Unidos. No hace falta ni siquiera decir su nombre para que Diamanda escupa sapos y culebras. «Dios mío. ¿Hay mayor idiota en el mundo? Que pueda ganar unas elecciones me resulta inconcebible. Ni siquiera podría ser alcalde de un pueblo. Sólo piensa en el dinero. Sería un desastre. Él sería capaz de apretar el botón que destruiría el mundo. Te podría decir que me parece un cerdo, pero no quiero insultar a ningún cerdo. Los cerdos son animales amables, bellos. Él es mucho peor».

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Misteriosamente, entre tanto dolor, tanta fealdad y esa irritación que le produce la frivolidad -ya sea en el deporte, la política y la música-, Diamanda Galás siempre tiene extendida una antena para captar la belleza. Es siempre una belleza sórdida, o dolorosa, pero incluso el lado más oscuro emite en ocasiones pálidos rayos de luz. Explica cómo muchas de sus piezas -que no pueden llamarse canciones exactamente, pero que toman forma a partir de una voz compuesta de oxígeno y granito- surgen de la literatura, y en particular de la poesía.

«Creo que no hay poeta en el mundo al que comprenda más que a César Vallejo», confiesa. «Él, como yo misma lo soy, era hijo de dos culturas, en su caso la india y la española. Nunca fue amado en Perú, vivió siempre al borde de la enfermedad, le torturaron en la cárcel, murió solo. Cuando descubrí a Vallejo, mi vida cambió para siempre». A Diamanda, pues, le afecta el arte que despierta su radar mórbido, el que hace que afloren sus rincones tenebrosos. «Recuerdo cuando leí por primera vez La máscara de la muerte roja, el cuento de Edgar Allan Poe. Esa enfermedad silenciosa, esa epidemia cruel. Estaba empezando a morir gente por el sida, y ni siquiera sabíamos qué era eso, de dónde venía, por qué moría tanta gente. Ese texto de Poe fue como una premonición, era como si me hubieran señalado como una maldita. Inmediatamente me vi como una persona excluida».

Para Galás, leer y descubrir textos y autores es tan importante como ensayar. «Si estudio bien mi voz puedo conseguir esos giros multifónicos, esas resonancias, esas permutaciones en las escalas, pero eso no sería nada si no leo. Cada vez que descubro un nuevo poema que me fascina, tengo una razón más para vivir. Las palabras que descubro me abren puertas a significados fascinantes». Significados sobre la muerte, el oscuro motor de un arte incómodo y, por ello, profundamente vivo.

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