Diamanda Galás tiene momentos obscuros y de buen humor.

Escrito por JON PARELES / Traducido por Equipo de Diamanda Galás México. Foto para el New York Times por Sam Polcer.

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Gutural y operístico, funesto e inconsolable, espiritual y humano, políglota y sin palabras, matizada y desquiciada – Diamanda Galás fue todo eso, y mucho más, en su concierto en la iglesia de St. Thomas The Apostle, una iglesia con estilo gótico en donde el festiva “Red Bull Music Academy” la presentó por tres noches.

Fue su primer concierto en Nueva York después de 8 años, los cuales, Dimanda los trabajó diseñando una pieza de gran duración en Polonia: un recital de canciones en Inglés, Alemán, Italiano, Francés y Griego; canciones de muerte, lamentos y un amor incesante.
Diamanda vestida, como la mayoría en el público, de negro. Vistiendo un vestido largo, con brazaletes brillosos en cada muñeca; es una presencia sombría, permitiéndose una sonrisa sólo entre canciones. Diamanda, contrastando con la intimidad típica de la música de cámara o la de cabaret con tintes de rock, sentada al piano que estuvo bellamente iluminado desde atrás, con sus costillas simulando un esqueleto. Una máquina de humo mandando bocanadas que atravesaban el escenario y la luz.

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Pero el efecto más especial fue su música: su piano y voz en todas sus facetas, destilando música clásica, tradicional y popular bajo el dolor y la rabia, impresas en las palabras.

Su presentación de la obra “Verrá La Morte E Avrá I Toui Occhi” por Cesare Pavese (La Muerta Vendrá y Tendrá tus Ojos) fue un aría trágica, un vals elegiaco interpretado con una finesa operística. “Fernand”, una canción de Jacques Brel fue rasposa, una encarnación de brujas, con un “oom-pah-pah” que incrementaba el drama. Un poema de Ferdinand Freiligrath titulado: “Der Stunde Kommt” (La hora se acerca), se convirtió en una agria y tumultuosa marcha de muerte. Diamanda convirtió una melodia casi silenciosa de Albert Ayler, titulada “Angels”, en frases altísimas que emergían del saxofón de Ayler con estilo operístico. Y “Artemis” por Gerard de Nerval, con trinos al piano que dieron paso al flamenco y a las vocalizaciones que conjuraron “al santo del abismo”.

El momento de la noche fue la tradicional “O Death”. Se convirtió en una catarsis blusera, con dos puños percutiendo el piano y voces que crujían, gemían, subían, aullaban y se convertían en una multifonía mientras el estrobo flasheaba. El terror, finalidad y las secuelas de la muerte para los que la han sobrevivido han estado siempre en el corazón de la música de Diamanda, pero también tiene un gran sentido del humor. Para cerrar, Diamanda cantó, arrastrando las palabras, y sobre acordes gospel la canción de Johnny Paycheck “(Pardon Me) I´ve Got Someone to Kill”.

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