“Björk hace música para restaurantes”

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Por VÍCTOR LENORE

“Me llamo Diamanda Galás. Nací el 29 de agosto de 1955 en
San Diego (Estados Unidos). Mi ascendencia principal es griega.
De pequeña en mi casa sonaban muchos tipos de música:
desde Art Tatum hasta Ioannis Papaioannou, pasando por
La Niña de los Peines. Mi padre es muy abierto, aunque tenía
alguna manía, por ejemplo odiaba el be bop. Tocaba en
una banda de jazz estilo Nueva Orleans. Aún hoy me parece
un gran músico: domina el bajo, el trombón, el chelo y la flauta.
Siempre está aprendiendo. A sus 90 años ha empezado a
tocar la guitarra”.

“Mi madre no canta. Es una pena porque tiene buena voz.
Además de mi mejor amiga, es una persona realmente dura.
Trabaja como directora de escuelas para niños con problemas.
Sabe parar peleas con navajas entre alumnos. Siempre
fue un mujer dura, una espartana. Básicamente, se trata de
una persona sin miedo, algo que agradezco mucho que me
transmitiera. Mi padre también me impresiona. De los 8 a los
22 años trabajó como un perro en fábricas de zapatos y restaurantes.
Cobraba cinco dólares a la semana”.

“Cuando los griegos llegaron a Estados Unidos no eran esclavos,
pero tenían estatus de sirvientes. Firmaban un contrato,
pero no recibían sueldo. Trabajaban a cambio de una casa,
comida y ropa. Los estadounidenses les llamaban ‘medio negros’
o ‘negros del desierto’. Mi padre tiene piel oscura, como
un iraquí, porque su ascendencia es de varios lugares.
¿Conoces a Johnny Otis? Fue un empresario y músico que
hacía giras con Ike & Tina Turner, entre otros. El tipo era griego
pero todos pensaban que era negro. Mi padre acabó
dando clases en una escuela y se llevaba muy bien con los
estudiantes negros porque comprendía el rechazo que experimentaban.
La expresión ‘gente de color’ es un invento de
Estados Unidos para no tener que aprender el origen de cada
inmigrante”.

“Mis amigas ‘drag queens’ fueron las primeras que me dijeron
que tenía buena voz. Cuando volvíamos de los clubes cantábamos
por la calle cosas de Sylvester y Patti LaBelle. Entiendo
que te cueste imaginarme bailando música disco. El problema
es que no conoces a mis amigas. Una de ellas mide
dos metros y abrió los primeros bares ‘drag’ de Kentucky. Estuvo
amenazada de muerte. Me siento muy identificada con
ellas: recuerda que en Grecia inventamos la homosexualidad.
Cuando mis amigas bailan en la discoteca siempre acaban revolcándose
por el suelo, chillando la canción al límite de sus
fuerzas. Son más dramáticas que yo. Mi padre siempre se opuso
a que yo cantara porque en Grecia las prostitutas cantan
en la calle para anunciar sus servicios”.

Diamanda Galás

La ultima vez que tocaste en España
te hicieron una entrevista
en ‘El País’ donde decías que “el
blues no viene de África Oriental”.
Parecías irritada por esta
teoría, que está bastante extendida.

Es una visión muy reduccionista.
Los presuntos expertos dicen
que los esclavos trajeron el blues de
África Oriental a Norteamérica. Eso
no es totalmente cierto: el blues también
procede de otros sitios. Por desgracia
para muchos de los esclavos,
sus captores les obligaban a convertirse
al Islam, porque los traficantes
eran musulmanes. La música secular
era pentatónica, pero la religiosa
era mucho más complicada.
En el blues hay influencias bizantinas.
Es una historia más complicada
de lo que nos cuentan. Obviamente,
el blues también tiene influencias
de las misas de la América
blanca del sur y de los nativos estadounidenses.

La universidad aplica
una perspectiva políticamente
correcta, yo tengo un enfoque musical.
Cuando canto “O Death”, que
fue popularizada por Ralph Stanley,
introduzco los “amanes”, que es un
estilo griego similar a ciertos palos
del flamenco. El blues no es un estilo
exclusivamente estadounidense.
También existe en África Oriental:
en Etiopía o Somalia tienen la
iglesia copta, que es similar a la ortodoxa
de los griegos. Allí hay cantos
religiosos complejos que incluyen
formas de blues mezcladas con
música bizantina y africana. El blues
etíope es mucho más rico que el estadounidense.

En el norteamericano usan solo un par de escalas y casi todo deriva de Aretha Franklin. Hoy están asfixiados porque solo se escuchan a sí mismos. Por esa vía de repetición acabas caminando hacia atrás. La prueba es que John Lee Hooker o Howlin’ Wolf suenan mucho más avanzados que los músicos actuales de blues. Siempre has sido muy crítica con la llamada “música alternativa”, que supone gran parte del espectro que cubre esta revista.

En una de tus últimas entrevistas
dijiste que “hay un par de
chicas de esa escena que me
gustan”, pero no mencionaste
sus nombres. ¿Quiénes son?

Oh Dios, no debí decir eso, no sé en quién pensaba, odio a todas esas putas. Ninguna tiene la más mínima técnica y por eso se refugian en un par de registros tópicos. Uno es ese tono tímido de anglosajona virginal. Otras se van al extremo contrario: inflexiones guturales en plan macho. No dan mucho miedo, la verdad. 

Björk tiene una voz potente, pero un disco entero me aburre. Interpreta siempre las mismas melodías, usa los mismos soniditos. A veces, en algún disco, parece desafiarse a sí misma, pero en general suena monótona. Me encantaría defenderla, pero no soy capaz. Para mí hace música para restaurantes. ¿Sabes quién me encanta? Amy Winehouse. La escucho y sé que ha estudiado. Su fraseo es perfecto. Su tempo también. ¿A quién has estudiado tú para cantar como lo haces? A un montón de artistas. Ahora estoy practicando material para sopranos de Mozart. Tiene unos fraseos tremendos que te dan mucho poder y flexibilidad. También trabajo en poner música a unos poemas mexicanos sobre el Día de los Muertos. Son letras nuevas que el antropólogo Claudio Lomnitz encontró recientemente en Oaxaca. Siempre oigo música de Smyrna, la ciudad que los turcos llaman Izmir. Son canciones de muerte, amor y pérdida, con alguna resonancia del cante jondo. Escucho a Stelios Kazantzidis y también a Marinella. Es importante conocer mucha música para forjar tu propio estilo. Una cosa que me saca de quicio es que los periodistas, especialmente los anglosajones, hablen siempre de mi rango vocal de tres octavas y media. Joder, no tiene ninguna importancia. Más que la voz importa lo que hagas con ella. Hay una mujer en Rusia que tiene un rango de siete octavas, se llama Georgia nosequé y canta el solo de “Giant Steps” de John Coltrane. Yo no soy una virtuosa. Esa fijación por mi rango vocal dice mucho de Occidente. Aquí parece una cosa extraordinaria. En Oriente no llama la atención porque se da por hecho que un cantante ha de tener una buena voz. 

Lo realmente raro es llamar cantante a Tom Waits.

Para mí es un actor que sabe usar bien su voz.

Ntiene nada malo, pero no es un cantante.

¿Alguien más con quien quieras meterte? Lo digo en cada entrevista, pero ponlo por favor: EMI España son lo que los mejicanos llaman “naca”, chicos de pueblo sin ninguna instrucción. A los artistas como yo no saben cómo tratarnos.

 Mi disco no está en las tiendas españolas, a pesar de que toco bastante en vuestro país –próxima visita, 20 y 22 de marzo en Sevilla y Gijón respectivamente, dentro de la programación del festival Palabra y Música– y me entrevistan periódicos regularmente. Están esperando a que muera para hacer un “boxset” conmemorativo. Aviso que todos ellos van a morir antes que yo.

Han decidido que no puedo pasar de cierto nivel de público y eso no es cierto. EMI no sabe una mierda de hacer negocios. No son capaces de comprender que a la gente le gusta la música. Respeto mucho a Mute, pero no a EMI. Son gente cobarde y sin cultura. Son lo que los griegos llamamos “malakas”: masturbadores débiles carentes de carácter. ¿Quién es el último artista que te ha impresionado? Apenas salgo.

Hago vida de ermitaña y eso

es malo.

Me quedo en casa oyendo discos y viendo YouTube. Me impresionó mucho algo que encontré hace poco: un cura asirio que toca música bizantina . Su manera de cantar es magnífica. Ahora mismo los asirios están siendo exterminados en Iraq y huyen a Grecia y Siria. Les atacan por ser cristianos. Los musulmanes no entienden que su cristianismo no tiene nada que ver con el que se practica en Estados Unidos y el resto de Occidente. Los asirios son ortodoxos orientales. Siempre que hay un conflicto las minorías acaban siendo las cabezas de turco de la frustración general. Pero, bueno, por lo menos se están organizando. Recientemente, hubo una manifestación de casi veinte mil asirios en Berlín para evitar que Turquía les confisque el monasterio Mor Gabriel.

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